Este martes 13 de enero se conmemora el Día de la Depresión, una fecha que invita a detenernos y mirar de frente una realidad que atraviesa a millones de personas en el mundo y que, muchas veces, permanece oculta detrás de silencios, estigmas y prejuicios.
La depresión no es tristeza pasajera ni una cuestión de “actitud”. Es una enfermedad que afecta la salud mental, emocional y física, y que puede alterar la manera en que una persona piensa, siente y enfrenta la vida cotidiana. Puede manifestarse con cansancio extremo, falta de interés, angustia constante, aislamiento social, dificultades para dormir o concentrarse, y una profunda sensación de vacío. En muchos casos, quienes la padecen siguen cumpliendo con sus rutinas, trabajando o estudiando, mientras por dentro libran una batalla silenciosa.
Hablar de depresión es hablar de salud pública. Según organismos internacionales, es una de las principales causas de discapacidad a nivel global y puede afectar a personas de todas las edades, géneros y contextos sociales. Sin embargo, el miedo a “no ser comprendidos” o a ser juzgados hace que muchas personas no pidan ayuda a tiempo.
La fecha busca generar conciencia, pero sobre todo empatía. Escuchar sin minimizar, acompañar sin exigir explicaciones y entender que cada proceso es distinto son acciones fundamentales. Frases como “tenés que ponerle ganas” o “eso se pasa” pueden profundizar el dolor y el aislamiento. En cambio, un mensaje, una escucha atenta o la orientación hacia un profesional pueden marcar la diferencia.
La salud mental es tan importante como la salud física y requiere atención, políticas públicas, acceso a tratamientos y espacios de contención. Reconocer la depresión, hablar de ella y pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de valentía.
Además, en el contexto actual de la Argentina, la salud mental se ve profundamente atravesada por la situación económica. La incertidumbre laboral, la pérdida del poder adquisitivo, el aumento del costo de vida y las dificultades para proyectar a futuro generan un desgaste emocional constante. Muchas personas viven bajo presión, con miedo a no llegar a fin de mes, a perder el trabajo o a no poder sostener a sus familias, lo que incrementa los niveles de ansiedad, angustia y depresión. Cuando la preocupación diaria se vuelve permanente, el impacto no es solo material: también afecta la autoestima, las relaciones y la estabilidad emocional. Por eso, hablar de depresión en nuestro país implica también reconocer cómo las condiciones sociales y económicas influyen en la salud mental y la necesidad de políticas públicas que contemplen este aspecto como parte fundamental del bienestar colectivo.
En este Día de la Depresión, el llamado es claro: construir una sociedad más empática, donde el cuidado emocional sea una prioridad y donde nadie tenga que atravesar su dolor en soledad. Hablar salva, escuchar acompaña y cuidar la salud mental también es cuidar la vida.